La Resonancia del Corazón Roto

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Fragmentos del Testimonio de Caelum, el Heredero Indigno

Dicen que nunca lo amé. Dicen que solo lo utilicé. Dicen que lo traicioné. Dicen que causé la Resonancia del Corazón Roto. Dicen tantas cosas…

Pero nadie pregunta por qué.

Fui Caelum, aprendiz de Elyon Valraeth, el Archimago del Alba. Entré a su torre siendo un muchacho deslumbrado por la magia, por las palabras antiguas, por el fulgor de los glifos flotando en la penumbra de las cámaras encantadas. Pero también lo admiraba a él.
Todos lo hacíamos. Él me eligió entre muchos. A veces me gustaba creer que fue por mi talento. Otras, temía que solo buscara un reflejo del amor que había perdido. Era difícil saberlo. Elyon amaba profundamente… pero no a mí.

No al que respiraba frente a él. Él amaba un recuerdo.

Yo lo vi crear ese maldito Corazón. Fui testigo de cómo tejía su alma en cada filamento arcano, cómo vertía en él su poder, su memoria… su amor. Una joya palpitante, demasiado perfecta. Yo lo ayudé. Con mis manos. Con mi sangre, incluso. Lo sostuve mientras su cuerpo temblaba por la transferencia de esencia.

Y sin embargo, nunca fue mío. Ni el Corazón, ni su afecto, ni su legado.

Yo era su sombra. Su seguidor. Un mortal a los pies de un dios lloroso.

¿Quieres saber cuándo cambió todo?

Fue la primera vez que lo escuché pronunciar el nombre de su difunto compañero mientras dormía. Suplicaba. Lloraba. Abrazaba el aire. Yo estaba ahí. Yo sostenía su cuerpo febril. Y comprendí: yo nunca estaría en ese Corazón.

Mi decisión no fue inmediata. Ni impulsiva. La idea germinó como un hongo venenoso en la oscuridad: lenta, inevitable. Sabía que si el Corazón se rompía, algo cambiaría. Que su poder se liberaría. Que la magia contenida en él buscaría nuevas anclas. Yo podía ser una de ellas.

No quería matarlo. Solo quería romper el yugo. Quería… que me viera.

Pero no imaginé la magnitud de la Resonancia. No pensé que el dolor lo transformaría.

Ahora él es una sombra errante, y yo, un paria. A ojos del mundo, soy un traidor. Y sin embargo, hay artefactos que susurran mi nombre. Fragmentos del Corazón que resuenan conmigo.

Los busco. Uno por uno. No para destruirlos. Sino para completarlos.

¿No debería el heredero reclamar lo que ayudó a construir?

¡Dinos qué piensas!