Pecados y Portentos

En Hanweir, terribles monstruos y voraces muertos vivientes deambulan por el campo, aterrorizando a todos los que se aventuran fuera de sus hogares y en las cercanías del Bosque Oscuro después del atardecer. No importa cuántos sacrificios realicemos, la magia que nuestros clérigos y magos realizan para protegernos, no son tan eficaces como lo eran antes. Las oraciones al arcángel han quedado sin respuesta. Las criaturas de la noche ya no temen a nuestras figuras santas y pueden sentir la debilidad en nuestros corazones. Creo que la primera vez que nos enfrentamos a la realidad fue cuando el alcalde ordenó quemar los cuerpos de nuestros seres queridos.

Se ordena:

Que cualquier persona que viva cerca del Bosque Negro y que por cualquier razón se enferme, deberá ser cremada tan pronto como sea posible tras su fallecimiento.

¡Que no quede carne para ser desecrada!

Decreto de Jurgen Garensun

El alcalde no sabe ya qué hacer. Aventureros diversos llegan a Hanweir, atraídos por las recompensas ofrecidas y los mórbidos cuentos que se escuchan en Trarid’s Inn. Todos dicen que nos salvarán. Ninguno regresa. Han pasado casi trece años desde la última luna de sangre. Nuestros hijos están en peligro y el alcalde no sabe qué hacer.

Quizás el nuevo peregrino pueda ayudar… pero solo como está, él sólo teoriza sobre lo que sucede, sin atreverse a enfrentar los horrores que se esconden en el bosque y amenazan con cobrar valor y ya no temer a la luz del día. Él ha vaticinado el regreso del arcángel. Pero el sacrificio es impensable: fundir nuestras armas, las únicas que nos protegerán en el momento más oscuro, y ofrecerlas a una fuerza que no sabemos si nos escucha.

Se ordena:

Que el acceso a todo el área del cementerio, y en especial la Tumba que Sangra, se encuentra prohibido, y que además, la asistencia diaria a la iglesia de la Flama de Plata es obligatoria hasta que la maldición pueda considerarse rota.

Decreto de Jurgen Garensun

Nuestros padres temieron en su momento ver a sus hijos desaparecer cuando la luna se tiñe de sangre. Este año, sin embargo, ese temor es nuestro, de los que tenemos hijos pequeños. Todos estamos temiendo lo peor. No todos esperarán que el alcalde expropie nuestras armas: saben que si las entregan voluntariamente, el sacrificio tendrá más valor. Tenemos que resistirnos.

Después de todo, ya nada puede empeorar.

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